Canto gregoriano. “Credo IV”

El Credo comenzó siendo una profesión de fe en Jesucristo como Hijo de Dios. Su primer texto puede considerarse lo escrito por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, 8, 37: “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”. El texto definitivo que se dice en la Misa actual se redactó en el I Concilio de Nicea (año 325) y en el I Concilio de Constantinopla (año 381), y se conoce como símbolo Niceno-Constantinopolitano. En él se declara el carácter divino del Espíritu Santo.

Fue introducido en la Liturgia de la Misa por los Padres españoles del III Concilio de Toledo (año 589). De España pasó a Francia y, tres siglos después, a Roma. Es la soberana profesión de fe católica y de sus principales dogmas: Santísima Trinidad, Creación, Encarnación, Redención, Santificación, Iglesia, Sacramentos, Comunión de los Santos, Resurrección de los muertos y Vida eterna.

En la Edad Media, el Credo era cantado no por el Coro, sino por todo el pueblo.

El “Credo IV” gregoriano que hoy escuchamos es de tono I, calificado de grave por Guido d’Arezzo. El canto de introducción (entonación) va a cargo del solista. Fijémonos que el coro canta esta pieza un semitono agudo. También es de notar el amplio melisma de la palabra “Amen”. Es una composición anónima (como todas las gregorianas) del siglo XV, y la encontramos en las páginas 71, 72 y 73 del Liber Usualis.

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